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viernes, 12 de febrero de 2010

El Universo del Art Brut


Quizá sea en ese fascinante mundo que Dubuffet bautizo como Art Brut (Una suerte de subcategoría salvajemente creativa, potestad de perturbados y dementes) donde mejor encaje la obra de Judith Scott.
Si ir más lejos, y desde el Creative Growth Art Center de Oakland, Judith Scott, urdió sus obras como una taxidermista de la realidad: sin técnicas, sin tendencia, sus manos creaban escenarios de plástico, hilo dental y lana. Puro Art Brut. Purísimo Outsider. Por que al fin y al cabo, Platón Dixit ¿No es el autentico, el verdadero arte fruto de un divino/vesanico arrebato? A su vez ¿Acaso la genialidad no ha sustituido al genio? Siguiendo con este argumento, y como ocurre en el popular cuento de Pedro y el Lobo, la figura del “Critico de Arte” desfallece ante tanto simulacro “Nos habituamos a un arte que no es arte, a un arte desencantado” Sentada sobre una vieja mecedora, estrabica, Judith Scott no pretende simular nada ¿Pero es entonces arte? O ¿Cuál es su pretensión mas intima? Por desgracia, en nuestro disfraz postmoderno, acostumbramos a deambular por Carnavales de la Fatuidad, por un Gabinete de Curiosidades estéticas: Accionismo Vienes, Merd d’artist, y toneladas de Conceptual Art enaltecido cual gota alquímica de la genialidad. Por suerte, las creaciones de Judith Scott, no son nada de todo esto, y si de algo abominan es precisamente de esa simulación –Sencillamente porque no quiere ser nada– pero allí esta, petrificador y horrible como la cabeza de Gorgona. Son los objetos quienes hablan por si solos, como recubiertos por la saliva blanca del insecto, por que Judith Scott, crea con sus esculturas –¿Se me permitirá llamarlo esculturas?– genuinos “Nidos de la Angustia”, lenguajes del dolor amplificados por un aullido ciego.
Sin esos extraños seres que son sus creaciones, Judith Scott, quien padecía de Síndrome de Down y de Sordera, habría sido condenada a vivir un infierno interior, de manera que su obra fue también una catarsis de la soledad. En definitiva, casi igual que en el libro de Lewis Carroll “Through the Looking-Glass, and What Alice Found There” ella, Judith Scott vivió día a día en un enigmático Al Otro Lado Del Espejo, hermoso – Bello Ma Non Tropo– y cuyo significado dejaba a veces aflorar a nuestra cotidiana superficie. Para mi, la obra de Judith Scott no fue bella, fue una “Retórica de lo Feo”, un desahogo interior del alma humana y un vomito secreto cuyo lenguaje apenas atisbamos a comprender.
Por ultimo, permítanme una apreciación: A veces, se ha querido considerar a Judith Scott como una Outsiders, como alguien exterior al sistema que purgaba su truculento destino mediante la creación y el arte. Nada más lejos. Nada más falso. Y aquí es donde radica la paradoja: Judith se convirtió en fetiche de coleccionistas adictos a la cocaína y el éxito. Su obra fue vendida por miles de dólares, y al final (Cuando paso su extravagante moda, adelantada con su muerte) se convirtió en otro juguete roto de esa cruel industria llamada “Arte Contemporáneo”
Lo mejor de toda esta historia es que Judith nunca se dio cuenta del todo.

Domingo D. Castillo.

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